La Semana Santa 2020 ya es historia

«Señor, ya estamos solos mi corazón y el mar», dejó escrito el poeta, desarbolado por la muerte de su amada Leonor, sin vela a la que aferrarse ni gobernalle al que dar caña. El mar y el corazón. El mar de la pena honda de la ciudad traspasada y el corazón de sus habitantes. El mar donde nunca desemboca la soledad como bien intuyó José Manuel Benot, con apellido soleano por los cuatro costados, en su libro «Antigua y sola». La soledad como un torrente que no fluye, inmóvil y empantanado sin desagüe en el cálido abrazo que rompe el aislamiento, en la condolencia sincera que agarra las manos con fuerza y consuela de palabra, en el gesto del hombro que se ofrece para descansar el dolor. Soledad contradiciendo a Federico: «Tú vas / por el río de la calle / ¡hasta el mar!».
A solas, duele más. En soledad, ese río que no termina de pasar embalsa el desconsuelo de lo que mi amigo Eduardo llama las «muertes cercanas», los rostros de esta pandemia o de sus efectos: solos los muertos, solos los deudos, solos los que lloran, solos los que, a pesar de todo, sonríen. Sola la ciudad vacía, solas las puertas de las iglesias cuando ya nadie lleve flores a las cancelas, solas las Vírgenes todavía vestidas de hebrea, solos los Cristos desnudos de plegarias, solas las cruces sin manos que se santigüen, solo el sagrario mudo y abandonado de los templos solitarios. Señor, ya estamos solos mi corazón y la ciudad.

Ya pasó la Semana Santa de 2020. Ante nosotros se abre un tiempo esplendoroso: el de la Pascua Florida que trae luz y esperanza. Tardará en venir, pero por eso lo ansiamos con más fuerza. El Resucitado se ha quedado hoy sin salir de Santa Marina a pesar de la amplísima programación que la hermandad puso en marcha desde el sábado por la tarde, repleta de recordatorios, documentales históricos y memoria. Una contradicción en sus términos porque la Resurrección no es pasado sino futuro, está siempre por delante de nosotros y ni siquiera la única que conmemoran los cristianos sucedió en su día. Sucede todos los días y sucederá cuando llegue el momento. Así lo creemos.

Que se quedara sin pisar la calle no significa que esa otra resurrección gloriosa que esperamos cuando se levante el confinamiento no vaya a suceder. Entonces desembocará el río de nuestra soledad en el océano de los afectos; ese día, la pena contenida tras la presa de la corrección social se diluirá en el agua fresca de los abrazos, que nos sabrán a cachitos de cielo. Y una pleamar de sentimientos largamente confinados, retenidos como un corcel piafante al que se tira del bocado, inundará la calle. Hasta ese día, la respuesta del Maestro a la Magdalena se convierte en toda la réplic que podemos ofrecer: «Noli me tangere». No me toques, no me retengas, no me abraces.

El sábado no salió el sol. Ni falta que hizo. Porque el día venía ribeteado con una orla negra como aquellos tarjetones de pésame de otra época. Negro de sábado y oro viejo de viernes para componer el catafalco perfecto en el que yacía nuestra Semana Santa de 2020, la que ya es historia.

Menos mal que la Esperanza está en su sitio, en ese trayecto que conduce a la gloria traspasando el arco. Por eso la mantenemos en alto, para levantar los ojos llorosos y sentir que inunda con su luz lo que está por venir. La Esperanza, por San Gil o por la calle Larga de Triana, sostuvo el Viernes Santo.

Solo los pajarillos rompían al alba el luto de un día triste en el que no se oía nada. Sevilla se había quedado sin su noche más hermosa, ahogada en el confinamiento decretado por las autoridades sanitarias, e iba a quedarse sin la tarde más lúgubre de todo el año: banderas a media asta, fusiles a la funerala y palmas de las ocho de la tarde fuera de compás. Luto por el que murió en la cruz y luto por los que mueren en las camas de los hospitales.

La pandemia estuvo más presente que nunca en la Madrugada y la tarde del Viernes Santo, porque las hermandades reconvirtieron sus estaciones penitenciales suspendidas a actos de culto en el interior de los templos, retransmitidos por ese aliado que le ha salido a la Semana Santa que es la plataforma de vídeos que, por una vez, permitió asistir al fervorín del hermano mayor del Silencio y posterior alocución del director espiritual, uno de los actos más íntimos de esa paraliturgia que preserva con discreción el misterio de nuestras cofradías.

Mi Madrugada empezó con un padrenuestro a Nuestro Padre Jesús ante el retablo de la calle El Silencio y un avemaría a la Virgen de la Concepción ante el azulejo de Alfonso XII que alguien rezó por los que no pudieron acompañar a sus imágenes esa noche. La respiración entrecortada, jadeante, añadía un punto de dramatismo: solas las calles, sola la sombra de quien rezaba como una santa compaña de ánimas escondidas que no muertas.

Saltando de una a otra hermandad, era posible mantenerse en un viacrucis permanente que llevara del Arco de la Macarena a la capilla de la calle Pureza, deteniéndose en el santuario del Valle, la parroquia de la Magdalena o la iglesia de San Antonio Abad para acabar en San Lorenzo, allí donde cobra cuerpo el poema inolvidable de Juan Sierra: «¡Oh, coagulada sanre negra, gorda, / oh, leño de clavel carbonizado, / oh, joya navegando un frío morado / en la luna que plena se desborda!».

Esta Semana Santa rara, quintaesenciada, desnuda de artificio, ha venido también a traer el regusto por la alta poesía, por las imágenes hermosas y cuidadas, por las oraciones graves y solemnes que elevan el espíritu y lo hacen sobrevolar por encima de la mundanidad de tanta chabacanería y tanta impostura ficticia. La hermandad del Cachorro distribuyó un vídeo en la mañana del viernes, cuando la cofradía no está ni siquiera formada, con imágenes del Cristo expirante de otras épocas, todas en blanco y negro con ese regusto por lo que es clásico, es decir, lo que supera los siglos y no cansa, lo que sobrevive al paso del tiempo porque es auténtico.

Lo que es imperecedero como el poema de Aquilino Duque al Cachorro por el puente: «Quién te puso corona de saetas, / Cachorro de Sevilla… / Quién pudo hacerte interminable el tránsito». Con ese final que estremece sólo de recordarlo: «Así se muere. / Así mueren los Hombres».

Obligados a permanecer en casa, los cofrades han depurado todo lo que era contingente y novelería impostada para quedarse con lo puro, lo que de verdad tiene valor porque otros muchos antes que ellos en otras circunstancias también difíciles ya descartaron los adornos para centrarse en lo sustancial, en los categórico despreciando la anécdota. Y los sevillanos vivieron una madrugada de reclusión, que es tanto como cortarle las alas de la libertad a esta ciudad volátil y voluble. Como para contradecir el poema de Montesinos a la Esperanza de Triana: «Por San Jacinto, / de madrugada, / lejos del Puente, / pasa callada / (hoy no se acuesta / nadie en Triana). / La Virgen duda / frente a su casa: / Si trianera / si sevillana».
Cerca de San Jacinto, en la calle Castilla, el viernes por la mañana los vecinos se entretenían jugando con pasitos y nazarenos de cartón que hacían girar en unos cables tendidos de acera a acera con una carrucha. Una diversión algo pueril, pero que aliviaba la faena de quedarse sin cofradías en Triana un Viernes Santo, con lo que eso es para el antiguo arrabal. Por el Patrocinio, la UME desinfectó las aceras con hipoclorito.

Ramos de floristería, con firma de autor, como ese poemita prendido con un alfiler a los claveles de la puerta de la parroquia de la calle Castilla: «Me disloca tu hermosura / que desprende tanto amor / eres la rosa más pura / Madre Nuestra de la O».

Tal vez el mensaje que mejor resuma este Viernes de dolor y luto en la Sevilla encerrada sin cofradías, lo dejó alguien escrito a mano en una simple cuartilla entre claveles rojos y morados a los pies del Cristo de la Salud de la hermandad de la Carretería. En la puerta de su capilla de la calle Real, antigua Varflora, de imposible maniobra, el deseo más repetido estos días: «Ahora más que nunca, salud para todos».